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jueves, 17 de marzo de 2011
viernes, 4 de septiembre de 2009
Exploración
Tras la densa nube de la nada que poblaba el vacío de la habitación se podía divisar un enmohecido y polvoriento marco imitando el bambú. En él aún se podían divisar dos figuras, que si no se reconocían, daban una sensación grotesca debido a la capa de polvo que las recubría. Sin saber cómo, tenía que buscar la manera de encontrar la reminiscencia adecuada que le quitara el telón grisáceo a la imagen que tenía ante mis ojos y que no era capaz de ver.
Así que me di la vuelta sobre mí, cerré los ojos y me metí dentro de mi ser. Cuando volví a despertar, estaba frente a un poste repleto de carteles de madera podrida señalando hacia todas partes, y hacia ninguna, cada uno de ellos con palabras en tonos pastel que no era capaz de interpretar.
Ni me había dado cuenta de que estaba de pie. Aunque fuese una semirralidad, allí estaba, en posición ortoestática frente a un engendro de Dalí que no me señalaba el camino, sino lo embaucaba. Así que decidí probar con el tacto o el olfato. A pesar de su apariencia podrida, aquella madera parecía cristal al tocarla. Pasé la mano por el mástil de abajo hacia arriba cerrando los ojos y cuando me di cuenta estaba tocando con ambas palmas dos de los carteles. Emanaba de él un olor áspero, parecido al lentisco, pero más dulce.
Tenía que tomar una decisión, tenía que tomar uno de los caminos, elegir una de las señales que me brindaba aquel poste. Pero sabía que me iba a equivocar, hiciera lo que hiciera. Como siempre. Así que tomé la decisión equivocada y correcta a la vez. Solté mi derecha y fallé por mi izquierda.
Cuando miré de nuevo los carteles, sólo quedaba uno tapado por mi mano izquierda. Cuando la retiré podía leer en él "Cassus". Una palabra que lejos de poder entenderla, por lo menos podía leerla, cosa que previamente no podía hacer. Así que alcé la mirada y vi un camino que se perdía en el horizonte.
Me dispuse a caminar sin saber hacia dónde me dirigía. Otra vez sin rumbo. Esta vez en mi interior, lo cual me pareció más peligroso.
Así que me di la vuelta sobre mí, cerré los ojos y me metí dentro de mi ser. Cuando volví a despertar, estaba frente a un poste repleto de carteles de madera podrida señalando hacia todas partes, y hacia ninguna, cada uno de ellos con palabras en tonos pastel que no era capaz de interpretar.
Ni me había dado cuenta de que estaba de pie. Aunque fuese una semirralidad, allí estaba, en posición ortoestática frente a un engendro de Dalí que no me señalaba el camino, sino lo embaucaba. Así que decidí probar con el tacto o el olfato. A pesar de su apariencia podrida, aquella madera parecía cristal al tocarla. Pasé la mano por el mástil de abajo hacia arriba cerrando los ojos y cuando me di cuenta estaba tocando con ambas palmas dos de los carteles. Emanaba de él un olor áspero, parecido al lentisco, pero más dulce.
Tenía que tomar una decisión, tenía que tomar uno de los caminos, elegir una de las señales que me brindaba aquel poste. Pero sabía que me iba a equivocar, hiciera lo que hiciera. Como siempre. Así que tomé la decisión equivocada y correcta a la vez. Solté mi derecha y fallé por mi izquierda.
Cuando miré de nuevo los carteles, sólo quedaba uno tapado por mi mano izquierda. Cuando la retiré podía leer en él "Cassus". Una palabra que lejos de poder entenderla, por lo menos podía leerla, cosa que previamente no podía hacer. Así que alcé la mirada y vi un camino que se perdía en el horizonte.
Me dispuse a caminar sin saber hacia dónde me dirigía. Otra vez sin rumbo. Esta vez en mi interior, lo cual me pareció más peligroso.
lunes, 31 de agosto de 2009
Amargor
Amargor.
Preferiría no abrir los ojos, porque sabía que es aun peor. Pero era algo inevitable, ¿o no? ¿Qué mas da? Son ese tipo de preguntas que llevan a otras y desvían el tema para olvidar lo que sucedía en un principio. Como siempre...
Amargor, que es como había empezado el día.
No llegaba al punto de ser desagradable como para levantarse de la cama, pero sí como para cambiar el gesto de la cara, incluso cuando uno duerme. Se podría comparar a cuando uno mastica una aspirina en vez de tragársela. Pero ni había bebido la noche anterior, ni había desayunado aun. Probablemente era sólo un mecanismo de defensa del cuerpo, un aviso de lo que iba a deparar el día.
Abrir los ojos no fue más agradable. Polvo y pelusa hacían notar la dejadez de semanas en mi habitación. Los recuerdos se iban desvaneciendo como el humo de un cigarro liado cerca de una ventana abierta. Sabía qué había sido, como casi todas las semanas, pero prefería obviarlo y darme la vulta en la cama. Como siempre...
Un domingo es para disfrutarlo, o por lo menos eso creía antes de perderlo todo, hace ya unos años. Ahora sólo servía para ver cómo las horas de luz se iban escondiendo en la retaguardia hasta que la oscuridad del crepúsculo se adentre en la vanguardia. Nada más. Palabrería barata para decir que pierdo el tiempo en la soledad de mis horas, con las pelusas a las que únicamente les falta tener nombre para acabar perdiendo la cordura.
A veces me pregunto si el término era "Babel" o "Papel", pero era muy pequeño, y mi comprensión lingüística era muy limitada. Además, poco después comenzó a aparecer "el vacío" mediatizado por noches y más noches de juergas. Así que nunca tuve tiempo de preguntarle ni cómo era verdaderamente ni la epistemología del término. Sólo me queda aquel maldito recuerdo, que me atormenta cada poco y me avisa de que la historia suele repetirse, sobre todo para los que son débiles de mente.
Amargor.
No era un presagio, era un toque de atención en pro de los recuerdos por lo que se tuvo y nunca se volverá a tener. Una llamada a la desesperación. Un "¿Qué cojones haces aquí todavía, si eres un vestigio, payaso?". Pero hablar con uno mismo es algo que ya había quedado atrás (¿o quizás algo cíclico?), y uno busca mirar hacia adelante sin ver luz en una cueva. Había que hacer algo a la desesperada. Pero romper el muro de la pena y la vergüenza era algo que me iba a costar demasiado.
Preferiría no abrir los ojos, porque sabía que es aun peor. Pero era algo inevitable, ¿o no? ¿Qué mas da? Son ese tipo de preguntas que llevan a otras y desvían el tema para olvidar lo que sucedía en un principio. Como siempre...
Amargor, que es como había empezado el día.
No llegaba al punto de ser desagradable como para levantarse de la cama, pero sí como para cambiar el gesto de la cara, incluso cuando uno duerme. Se podría comparar a cuando uno mastica una aspirina en vez de tragársela. Pero ni había bebido la noche anterior, ni había desayunado aun. Probablemente era sólo un mecanismo de defensa del cuerpo, un aviso de lo que iba a deparar el día.
Abrir los ojos no fue más agradable. Polvo y pelusa hacían notar la dejadez de semanas en mi habitación. Los recuerdos se iban desvaneciendo como el humo de un cigarro liado cerca de una ventana abierta. Sabía qué había sido, como casi todas las semanas, pero prefería obviarlo y darme la vulta en la cama. Como siempre...
Un domingo es para disfrutarlo, o por lo menos eso creía antes de perderlo todo, hace ya unos años. Ahora sólo servía para ver cómo las horas de luz se iban escondiendo en la retaguardia hasta que la oscuridad del crepúsculo se adentre en la vanguardia. Nada más. Palabrería barata para decir que pierdo el tiempo en la soledad de mis horas, con las pelusas a las que únicamente les falta tener nombre para acabar perdiendo la cordura.
A veces me pregunto si el término era "Babel" o "Papel", pero era muy pequeño, y mi comprensión lingüística era muy limitada. Además, poco después comenzó a aparecer "el vacío" mediatizado por noches y más noches de juergas. Así que nunca tuve tiempo de preguntarle ni cómo era verdaderamente ni la epistemología del término. Sólo me queda aquel maldito recuerdo, que me atormenta cada poco y me avisa de que la historia suele repetirse, sobre todo para los que son débiles de mente.
Amargor.
No era un presagio, era un toque de atención en pro de los recuerdos por lo que se tuvo y nunca se volverá a tener. Una llamada a la desesperación. Un "¿Qué cojones haces aquí todavía, si eres un vestigio, payaso?". Pero hablar con uno mismo es algo que ya había quedado atrás (¿o quizás algo cíclico?), y uno busca mirar hacia adelante sin ver luz en una cueva. Había que hacer algo a la desesperada. Pero romper el muro de la pena y la vergüenza era algo que me iba a costar demasiado.
domingo, 30 de agosto de 2009
Soldaditos de Babel
Bajo un húmedo puente, un hijo y un padre que aun se querían debido a la temprana edad del primero y a que el segundo no se encontraba en unas condiciones lamentables de alcoholemia, miraban caer la lluvia desde dentro del coche.
Las gotas que caían eran de esas que cuando te dan, lo hacen de verdad. Las sientes. Además, caían muy juntas. Por lo menos, así las veía el hijo, que nunca había visto llover de aquella manera en una población tan seca.
En un barrizal situado fuera del puente se había formado un gran charco, y la lluvia hincaba sus lanzas insaciable sobre él. De repente el niño se fijó en algo que emanaba del charco. Y el padre, que se dio cuenta de dónde miraba le dijo:
- ¿Ves aquellas pompas que salen del charco? - el niño sólo asintió con la cabeza, quizás por el inmenso respeto que le imponía la figura de su padre por aquellos tiempos. - Salen porque cae la lluvia sobre él.
El niño volvió la mirada de nuevo sobre el charco, pero ahora con un asombro tal y como lo tienen los niños al ver una maravilla que nunca antes han visto. Lo escudriñó hasta que su menté no pudo más, y volvió de nuevo la mirada a su padre.
- Sabes cómo se llaman esas pompas? - El niño no hizo ningún gesto, esperando impacientemente que el padre le desvelara el nombre de aquella maravilla. - Soldaditos de Babel...
Las gotas que caían eran de esas que cuando te dan, lo hacen de verdad. Las sientes. Además, caían muy juntas. Por lo menos, así las veía el hijo, que nunca había visto llover de aquella manera en una población tan seca.
En un barrizal situado fuera del puente se había formado un gran charco, y la lluvia hincaba sus lanzas insaciable sobre él. De repente el niño se fijó en algo que emanaba del charco. Y el padre, que se dio cuenta de dónde miraba le dijo:
- ¿Ves aquellas pompas que salen del charco? - el niño sólo asintió con la cabeza, quizás por el inmenso respeto que le imponía la figura de su padre por aquellos tiempos. - Salen porque cae la lluvia sobre él.
El niño volvió la mirada de nuevo sobre el charco, pero ahora con un asombro tal y como lo tienen los niños al ver una maravilla que nunca antes han visto. Lo escudriñó hasta que su menté no pudo más, y volvió de nuevo la mirada a su padre.
- Sabes cómo se llaman esas pompas? - El niño no hizo ningún gesto, esperando impacientemente que el padre le desvelara el nombre de aquella maravilla. - Soldaditos de Babel...
Creación del Blog
Esto de tener un blog es algo nuevo para mí.
Iré metiendo entradas de lo que me vaya pasando por la mente, ya que últimamente he de sacarlas como sea. Siento la intensa necesidad de hacerlo, aunque mi problema sea el de siempre, mi ruin falta de tiempo que no hace más que deborarme a diario.
No sé cuántos de vosotros leeréis estas absurdas notas sin aparente contenido, pero si una sola persona, en algún momento de la existencia del blog, es capaz de desentramar un ápice de luz en ellas, me daré por satisfecho.
Bienvenidos seáis todos, adelante.
Iré metiendo entradas de lo que me vaya pasando por la mente, ya que últimamente he de sacarlas como sea. Siento la intensa necesidad de hacerlo, aunque mi problema sea el de siempre, mi ruin falta de tiempo que no hace más que deborarme a diario.
No sé cuántos de vosotros leeréis estas absurdas notas sin aparente contenido, pero si una sola persona, en algún momento de la existencia del blog, es capaz de desentramar un ápice de luz en ellas, me daré por satisfecho.
Bienvenidos seáis todos, adelante.
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